El otro día estaba sentada en clase de siete, era una de esas clases donde el pizarrón se llena con ecuaciones sin que uno se dé cuenta. Yo claramente estaba como a quince mil galaxias de distancia de lo que ocurría en la clase, cuando de pronto el profesor (que tiene la terrible manía de aprenderse los nombres de todos sus alumnos) dice fuertemente: A ver Nuria, tú qué piensas ¿puede la tasa de crecimiento de "A" ser negativa o no? Yo evidentemente no tenía LA MÁS REMOTA IDEA de qué estaba hablando. En mi cabeza surgieron millones de ideas como: ¿la A? ¿cuál A? A ver Nuria, concéntrate, mira la ecuación en el pizarrón y piensa... mmm no, no está funcionando, ni siquiera sé en qué contexto está ese modelo... demonios... bueno, contesta algo, a ver ¿a ti qué te late? Después de algunas disertaciones contesté con mucha seguridad: No, no creo que pueda ser negativa. El profesor pregunta ¿y por qué? Entonces surgen más ideas en mi cabeza: puta madre, cómo chingados voy a saber, ni siquiera sé de qué estamos hablando... Afortunadamente un par de alumnos interesados en la discusión interrumpieron dando ejemplos de cómo la tasa de crecimiento de A sí podía ser negativa... Pues resulta, estimados lectores, que "como bien dijo Nuria, es muy difícil que la tasa de crecimiento de A pueda ser negativa"... ¿qué tal ehhh?
El domingo pasado se me acabaron los cigarros y decidí ir caminando a la tienda a comprar unos. Por diversas razones decidí salir en pijama y crocs, sin cartera ni celular ni nada por el estilo (las razones: que no me chiflen en la calle, no me vayan a asaltar, hueva extrema de cambiarme... no necesariamente en ese orden). La tienda más cercana estaba cerrada, así que seguí caminando hasta llegar a la segunda tienda a la cual no me gusta ir porque fue precisamente ahí donde alguna vez me vendieron unos camel piratas... "Hola, unos marlboro rojos por favor" "No tenemos marlboro rojos, pero hay camel"... Y yo pensé: Ahhhh no, eso me dijeron la vez pasada, de ninguna manera volveré a caer en su trampa. Así que seguí caminando, el único problema es que mi atuendo estaba pensado para no alejarme demasiado de mi casa, ahora me estaba asando y ya me daba pena recorrer semejante distancia vestida de esa manera... El punto es que en la tercera tienda sí había marlboro rojos, nadie me chifló, nadie me asaltó y no me vio nadie conocido o atractivo como para haberme arrepentido de todas mis decisiones esa mañana.
Ese mismo domingo en la tarde me vi en la necesidad de tomar el metrobús. El único problema es que ya a esas horas, de sur a norte, no estaban pasando muchos y tuve que subirme a uno que venía atascado. Me quedé junto a la puerta y cuando llegamos a la siguiente estación la gente cercana a la puerta se empezó a mover estratégicamente. Yo sólo escuché: cuidado con la puerta. De pronto la puerta se abrió, me empujó terriblemente (sólo a mí, pues los demás, como dije, se habían movido estratégicamente), casi me caigo si no fuera porque mi brazo se torció y se quedó atorado entre un tubo y la puerta abierta. Saqué mi brazo como pude y me hice pendeja, pero todos a mi alrededor se me quedaban viendo con una cara mitad lástima, mitad risa; sí, esa misma cara que pusieron como cuatro personas ayer cuando preguntaba por la entrada al metro taxqueña... Demonios, yo que pensé que ya me estaba pudiendo mimetizar mejor en el transporte público... Aparentemente me falta mucho por aprender.


1 enredos líquidos:
Jajajaja, bm, amo tus crónicas. Deberías sacar exclusivamente un blog de crónicas peatonales, jajajajaja.
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