Se me quedó la costumbre de contar todo con los dedos, como niña pequeña. Cuando iba en la primaria hacía trampa en cálculo mental; bueno, más o menos. Contaba “mentalmente” pero confirmaba con mis dedos; como me regañaban si me veían hacer eso, sólo los movía sutilmente, sin levantarlos del escritorio. Siempre me iba bien en cálculo mental. Ahora cuento otro tipo de cosas, menos en el kakuro, donde también hago las cuentas mentales y confirmo con los dedos, pero ahí sí los muevo uno por uno, visiblemente. Debo aceptar, sin embargo, que cuando me llego a equivocar en alguna cuenta es porque sólo la hice con los dedos. A ellos también los cuento con los dedos, pero llegó el terrible día en el que se terminaron los dedos de mis manos. Me pareció de mal gusto asignarle el mismo dedo a dos de ellos, por lo que decidí comenzar con los de los pies; como cuando cumples once años y dices que ya vas en el dedo chiquito del pie izquierdo. Cuando llegue al dedo chiquito del pie derecho, ni modo, tendré que repetir dedos. Tengo otros usos para mis dedos (además de los comunes); por ejemplo, cuando estoy comiendo y me preguntan qué día es, muestro el número de dedos correspondiente al día de la semana (yo supongo que se entenderá que lunes es uno y así sucesivamente). Debo decir, que aunque muevo los dedos con regularidad y los uso para muchas cosas, soy más reservada con mis manos en conjunto. Me pongo nerviosa cuando me toman de la mano, en parte es porque me sudan y me sudan porque me pongo nerviosa, un círculo terrible del que jamás he podido salir. Mis dedos se paralizan cuando hay una mano sobre la mía, y creo que me sobran los dedos de las manos para contar cuántas personas lo han hecho (más allá de un saludo formal); en realidad procuro evitarlo.
domingo, noviembre 09, 2008
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